La primera vez que vi el mar aquel verano, no pensé que fuera bonito.
Pensé que gritaba demasiado.
Y mira que yo venía de una casa donde últimamente todos hablaban bajito, como si los muebles pudieran denunciarles. Mi madre lloraba en la cocina con el grifo abierto. Mi padre decía “esto es lo más sensato” con esa voz de hombre que ya ha decidido irse y solo necesita que los demás no hagan una escena. Laura, mi mejor amiga desde tercero de primaria, me había escrito tres párrafos sobre lo mucho que me quería después de besar al chico que a mí me gustaba. Tres párrafos. Con comas. Con perdón y todo. Qué detalle.
Así que cuando bajé del autobús y el mar apareció al fondo, enorme, azul, lleno de sol, no sentí paz.
Sentí ganas de mandarlo callar.
Mi tía Clara me esperaba junto a una furgoneta azul que tenía más años que algunas profesoras de mi instituto y menos vergüenza que todas ellas juntas. Llevaba un vestido blanco arrugado, unas gafas de sol gigantes y el pelo recogido con un lápiz. No uno decorativo. Un lápiz mordido, de los de verdad.
—Nora —dijo.
No añadió “pobrecita”. No dijo “qué delgada estás”. No abrió los ojos de esa forma que abrían los adultos cuando querían mirar la catástrofe sin parecer cotillas.
Solo abrió los brazos.
Yo aguanté dos segundos. Porque una tiene orgullo, aunque lo lleve roto en una bolsa de tela.
Luego fui.
Clara olía a café, crema solar y libros viejos. Puede parecer una mezcla absurda, pero a mí se me metió en la garganta como si hubiera llegado a una casa que no era mía y aun así me hubiera estado esperando. Me dieron ganas de llorar. Muchísimas. De esas que no caben en los ojos y empiezan a empujar desde el pecho.
· · ·