EMPIEZA A LEER
La consulta de la tormenta
Fragmento del prólogo · Voz de Vera, personaje de la novela
La tarde que entendí que mi intuición también podía hacer daño se me murió el ficus.
Lo digo así porque durante años intenté empezar esta historia con una frase más elegante. Algo sobre el alma, quizá. Algo sobre la luz atravesando las heridas. Pero la verdad fue bastante menos poética: el ficus amaneció inclinado sobre la alfombra, con tres hojas marrones y una dignidad vegetal absolutamente arruinada.
Yo llevaba dos calcetines distintos, el pelo recogido con un lápiz y una mancha de café en la manga. Aun así, a las nueve en punto abrí la consulta como si fuera una mujer serena. Una de esas mujeres que compran flores los jueves, meditan sin mirar el reloj y no comen galletas de pie porque se les ha olvidado almorzar.
No era una de esas mujeres.
Era psicóloga. También leía cartas cuando tenía sentido hacerlo. A veces acompañaba procesos con flores de Bach, escritura terapéutica, meditación o registros akáshicos, aunque jamás me gustó esa palabra dicha en voz alta por alguien que acababa de conocerte. Sonaba demasiado grande. Como si una pudiera entrar en una biblioteca invisible y volver con la respuesta correcta envuelta en papel de seda.
La realidad era otra. La realidad era una mujer llorando sin saber por qué. Un niño que no hablaba pero llenaba papeles de monstruos azules. Un hombre mayor sujetando una foto antigua como si fuera un trozo de su propio pecho. Y yo, sentada enfrente, intentando distinguir entre lo que percibía y lo que solo temía.
Ese límite —el límite entre acompañar e invadir— tardé años en aprenderlo.
Aquella tarde de tormenta lo aprendí de golpe.
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