El día que me echaron del trabajo llevaba unas bragas con aguacates.
No es un dato importante para la historia, pero explica bastante bien el nivel de dignidad con el que afronté la situación.
—No lo llamaría despido —dijo Sergio, mi jefe, mientras colocaba las manos sobre la mesa como si estuviera a punto de comunicarme que padecía una enfermedad incurable—. Es una reestructuración.
—Entonces, ¿mañana puedo venir?
Sergio parpadeó.
—No.
—Pues se parece muchísimo a un despido.
A mi derecha, la mujer de Recursos Humanos sonrió con esa expresión amable de quienes han hecho un curso para aprender a despedir personas sin alterar demasiado el ritmo cardíaco.
—La empresa quiere agradecer tus once años de compromiso —dijo.
—Podría agradecérmelos manteniéndome en nómina.
La sonrisa no se movió ni un milímetro. Debía de ser una profesional excelente.
Yo asentí varias veces, firmé documentos que no estaba leyendo y recogí mi bolso. Salí del despacho procurando caminar como una mujer adulta que acepta con serenidad los giros inesperados de la vida.
En cuanto llegué al ascensor, pulsé el botón doce veces.
No llegó antes.
Las películas mienten sobre muchas cosas, pero especialmente sobre los despidos. Nadie abandona la oficina con una caja de cartón perfectamente ordenada, una planta pequeña y una fotografía enmarcada. Yo salí con un cargador que no era mío, tres sobres de sacarina y un táper vacío que llevaba dos semanas en la nevera.
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